Por: Maria I. Conde P.
Que no muera
la esperanza; que viaje, que vague, pero que no naufrague.
Que no cese
tu aliento, ni perezca tu presencia de mis días, que absurda no es tu estadía.
Si me llenas
de ausencia, me inundara la pena; quedará para siempre en mis días la sombra de
tu partida.
Que hoy
muera para siempre el recuerdo de las veces que de niña llore, al ver a mi
padre marcharse, cual extraño parecía ser.
Que mueran
los reproches, las amargas noches; que nazca el perdón de mi ser.
Pues ahora,
al ser madre, te digo, ya se… que nada fácil, ser padre es.
Mira tú mis
errores, adviérteme que los reproches llegaran con el tiempo según cada quien.
No quiero
ser yo ahora el preso, de lo que la juventud suele hacer.
La vida me
muestra, ahora mi viejo, me fue fácil juzgarte ese tiempo.
Lamento el
dolor también, de hecho, donde quizá buscaste mi abrazo y cansadas veces te di
mi rechazo.
Que me de la vida mas tiempo, en tus brazos cansados mi viejo, para recuperar del reloj, lo que nos queda de tiempo.
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